Hazlo por mi. Reflexiones de una adicta en recuperacion. Oihana

Ayer estaba en una cafetería a punto de tomarme un café, cuando una mujer se pidió un carajillo. Hasta aquí todo normal, el problema resultó ser la dificultad con la que se acercó la taza hasta los labios. Eran las nueve de la mañana y tenía el pulso tiritando.

Miró de reojo, se lanzó el contenido directo a la glotis, pagó y se marchó.

Yo me quedé impactada. Todavía no ha pasado el suficiente tiempo como para que esa escena no me recordara a cualquiera de mis desayunos matinales de antaño. La boca del estómago se me hizo un nudo y no pude evitar imaginar lo cotidiano en la vida de aquella mujer: trabajo, marido, hijos y todo adornado por las guirnaldas del disimulo, los chicles de menta y una mirada escurridiza con la que probablemente no conseguía engañar a nadie.

Cuando estuve ingresada, conocí a muchas mujeres que antepusieron la bebida a sus hijos. Al principio siempre decían que fueron buenas madres, que nunca desatendieron las necesidades de sus niños; sin embargo, a medida que pasaba el tiempo y su cabeza empezaba a estar más despejada, descubrían que fueron muchas las veces que toleraron -que no es lo mismo que compartir- los anhelos de estos, sus sueños, alegrías o miedos.

Cuando estás borracho -lo digo por experiencia- no eres capaz de ser, solo estás.

Nuestros hijos -pareja en mi caso- nos rogaban que dejáramos de tomar, nos pedían que lo hiciéramos por ellos. No os imagináis la de veces que he oído yo en terapia familiar aquello de: hazlo por mí, mamá. Y la madre no puede hacerlo por nadie que no sea ella misma. Pero qué difícil es hacerlo cuando lo único que se siente hacía si mismo es deprecio.

Hazlo por ti -nos repetían una y otra vez los terapeutas- aquí no cuentan los hijos, los padres, maridos o mujeres; con esta enfermedad o lo hacéis por vosotros y por recuperar vuestra dignidad o no hay nada que hacer.

Me pregunto cuántas veces le habrán pedido a la mujer del bar que deje de beber por… Y la infinidad de veces que se habrá sentido a morir, no solo porque no puede dejarlo, sino porque además ni siquiera es capaz de hacerlo por aquel o aquellos a los que quiere. Entonces probablemente hará la lectura de que, además de voluntad, le falta humanidad.

Me gustaría tanto que comprendiera que nada de lo que puede hacer ya tiene que ver con lo que ella quiera, que no bebe porque sea una viciosa, mala madre o esposa, que nada de lo que hace está movido por su debilidad o falta de carácter; en definitiva, que es una enferma adicta y que solo tiene que reconocerlo, pedir ayuda y hacerlo siempre y hasta el final, por ella y por su vida. La cual, yo le prometo, merece ser vivida sin tomar.

elvira

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